Lecciones del Pabellón 12: qué nos deja FITUR 2026
Durante años, FITUR ha sido el escaparate donde la tecnología prometía cambiarlo todo. Plataformas, datos, inteligencia artificial, sensores, gemelos digitales o sostenibilidad se sucedían edición tras edición en un relato optimista, a veces deslumbrante y otras excesivo.
Reportaje Smart City Cluster
FITUR 2026, sin embargo, marca un punto de inflexión. No porque haya grandes anuncios disruptivos, sino precisamente por lo contrario: porque el discurso se ha vuelto más sobrio, más crítico y, sobre todo, más real.
Las entrevistas realizadas a empresas del ecosistema tecnológico del Smart City Cluster dibujan un retrato coral de ese momento. Un sector que ha madurado a la fuerza, tras varios años de despliegue de fondos europeos, proyectos acelerados y aprendizajes no siempre cómodos. La fascinación ha dejado paso a la exigencia. Y la pregunta ya no es qué tecnología comprar, sino para qué sirve, quién la usa y qué impacto genera.
Un mercado más informado… y más escéptico
La primera constante que aparece en todas las conversaciones es la madurez del interlocutor público. Los destinos llegan a FITUR con más información, más experiencia y también más cicatrices. Como resume Luis Alberto Melero, desde Aumentur, hoy “quien viene sabe muy bien lo que quiere y, sobre todo, lo que no quiere”.
Esa experiencia acumulada ha generado una cierta alergia al discurso vacío. Desde Kalmas, Esther Welters, lo describe sin rodeos: “Seguimos vendiendo Ferraris que no tienen ni la carcasa. Mucha promesa y poco contenido real”. Una percepción compartida por otras voces del sector, que hablan abiertamente de proyectos implantados que nunca llegaron a usarse.
En iUrban, Andrés Martínez lo formula con crudeza: “Se han gastado millones en plataformas que nadie usa”. No como reproche abstracto, sino como diagnóstico de un modelo que ha priorizado la implantación frente a la adopción. El resultado es un comprador más prudente, menos impresionable y mucho más centrado en el valor tangible.
Del contrato firmado al uso demostrado
Si hubiera que condensar FITUR 2026 en una sola idea, sería esta: el éxito ya no se mide por contratos, sino por uso. Fran Vaquer, de Deepsense, lo expresa con claridad meridiana: “No quiero presumir de que 20 destinos nos han comprado la plataforma, sino de que 20 destinos la usan”.
Ese cambio de paradigma atraviesa todas las entrevistas. La tecnología que no se utiliza, que no se mantiene o que depende exclusivamente de un proyecto puntual, pierde legitimidad. Desde Ideanto, Alberto López lo explica así: “muchos destinos han aprendido por ensayo y error gracias a los fondos europeos, y ahora saben mejor lo que no quieren repetir”.
El problema, coinciden varios entrevistados, no es solo tecnológico. Es estructural. Falta personal, tiempo y capacidad interna en las administraciones para acompañar los proyectos una vez implantados. “El cuello de botella no está en los proveedores, está dentro de la propia administración”, señala Welters.
La saturación de plataformas y el rechazo al modelo cerrado
Otra palabra que se repite con insistencia es “plataforma”. Y no siempre en positivo. En muchos destinos, ese término genera rechazo automático. Fran Vaquer recuerda una reunión en la que, al escuchar la palabra, el interlocutor reaccionó con un seco “¿otra plataforma?”.
La saturación es evidente. Plataformas cerradas, duplicadas, poco interoperables y difíciles de mantener han erosionado la confianza del mercado. Desde Libelium, John David Babyack lo resume con ironía: “Los destinos son amor libre: no quieren exclusividad”.
La demanda actual apunta en otra dirección: soluciones abiertas, integrables y que reduzcan el número de proveedores. Enrique Lara, de OK Located, lo plantea desde la lógica empresarial: “Una empresa que hace de todo acaba sin saber qué hace realmente”. La especialización y la interoperabilidad emergen como valores clave.
Ciudad y turismo: una frontera cada vez más artificial
FITUR 2026 también consolida una idea que atraviesa casi todas las entrevistas: la separación entre “Destino inteligente” y “Ciudad inteligente” ya no se sostiene. Desde Telefónica, Frédéric Vieuxmaire lo expresa sin ambigüedades: “En España no hay Smart City que no sea turística”.
Ciudadanos y turistas conviven en el mismo espacio, usan las mismas infraestructuras y generan impactos cruzados. Gestionarlos por separado conduce a incoherencias. O como lo califican directamente desde Deepsense, “chapuzas”. Desde MovilOK lo aterrizan en lo cotidiano: la tecnología debe servir tanto para quien vive en la ciudad como para quien la visita, sin obligar a nadie a descargarse aplicaciones innecesarias.
La convergencia no es solo conceptual, también operativa. La tecnología que se implanta para el turismo afecta a la vida diaria del residente. Y viceversa. Como apunta Telefónica,” el reto ya no es atraer visitantes, sino gestionar la convivencia y hacer visibles los beneficios del turismo para la ciudadanía”.
La inteligencia artificial: normalizada, no milagrosa
La inteligencia artificial ha dejado de ser una palabra intimidante. En FITUR 2026 ya no genera miedo, pero tampoco fe ciega. Andrés Martínez (iUrban) lo resume con precisión: “La IA replica la estrategia que tengas; si no hay estrategia, no hay nada”.
La clave vuelve a ser el dato. Sin información fiable, actualizada y bien estructurada, la IA no aporta valor. Varias entrevistas alertan del intrusismo y del uso superficial de herramientas generativas como supuesta solución integral. “Conectar ChatGPT no es hacer inteligencia artificial”, advierten desde iUrban.
La IA aparece así como un acelerador, no como un sustituto. Un medio para personalizar, anticipar y redistribuir flujos, pero siempre subordinado a una visión clara de territorio y a un relato coherente.
De atraer turistas a gestionar la convivencia
Uno de los desplazamientos más significativos del discurso es el cambio de foco: del crecimiento a la gestión. La saturación turística, la capacidad de carga y la percepción ciudadana del turismo ocupan ahora el centro del debate.
Desde Kalmas se señala que muchos destinos viven con estrés la imposibilidad de ejecutar proyectos en plazo. Desde Libelium se insiste en que la tecnología debe servir “a las personas”, no a la facturación. Desde Telefónica se apunta a la redistribución de flujos como palanca para reducir tensiones y generar oportunidades en territorios menos visitados.
El turismo responsable deja de ser un eslogan para convertirse en una necesidad operativa.
Cooperar o desaparecer
Otro consenso transversal es la necesidad de cooperación. Las empresas reconocen que siguen siendo muy verticales, pero también que ese modelo tiene límites. “Cooperar no es trabajar para una gran empresa que se queda con todo”, advierten algunas de las empresas entrevistadas.
El papel de los clústeres aparece aquí como catalizador. No tanto como comercializador, sino como espacio de confianza, de encuentro y de construcción conjunta. Deepsense lo resume con una frase reveladora: “Nuestro mayor KPI es que nos recomienden”.
Las decisiones técnicas al servicio de las ideas de ciudad
Finalmente, FITUR 2026 confirma un desplazamiento en la toma de decisiones. De lo técnico a lo político. Las soluciones ya no se evalúan solo por sus especificaciones, sino por su capacidad para simplificar, integrar y ayudar a gobernar mejor.
Luis del Ser, de MovilOK, lo expresa con claridad: “La Smart City no son los cacharros, es la visión”. Una visión que permita ahorrar costes, reducir fricciones y tomar decisiones con sentido estratégico.
Las entrevistas realizadas dibujan un sector que ha dejado atrás la adolescencia tecnológica. Puede que FITUR 2026 no sea recordada por ninguna disrupción puntual, pero sí por algo más estratégico: la consolidación de una mirada adulta sobre la tecnología aplicada a los territorios. Una tecnología a la que se le pide que sea útil, integrada y -cada vez más- profundamente humana.
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